Foto: (cc) Flickr/Pablo Miranzo. Esquina: Pedro Torres. Editorial Revista Adventista, Marzo 2015
Foto: (cc) Flickr/Pablo Miranzo. Esquina: Pedro Torres. Editorial Revista Adventista, Marzo 2015

En este momento que en el cine está arrasando esa historia de ficción, en este momento en que la trilogía de esa “historia” ya salió a la venta hace meses, me planteo muchas cosas sin haber leído el libro ni visto la película. Por cierto, no me hace falta probar algo para saber que es nocivo. No hace falta ver o leer esa “historia” para saber que es nefasta. Hoy mismo, 23 de febrero de 2015 leo en algunos noticieros que una mujer ha muerto a manos de su pareja por emular escenas de ese film.

41 son los años que tengo de vida en este momento, gracias a Dios. La Biblia contiene historias sensuales, por excelencia en el libro de Cantares, muy alejadas de otras realidades, y más cercanas al ideal que el Creador tenía en mente cuando regaló la sexualidad a la raza humana como expresión íntima emocional y sentimental de la íntima unión entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio. En una cultura en la que el velo de la mujer ocultaba el cabello, textos como Cantares 4:1 están cargados de sensualidad: “He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa; Tus ojos entre tus guedejas como de paloma; Tus cabellos como manada de cabras Que se recuestan en las laderas de Galaad”. Evidentemente las laderas de Galaad son montes figurados que en la anatomía de la mujer cobran sentido, el cabello otrora cubierto por un velo, se torna en velo para cubrir los montes femeninos de Galaad. Más adelante directamente evita los eufemismos: “Tus dos pechos, como gemelos de gacela, Que se apacientan entre lirios” (Cantares 4:5). Invito a los lectores a repasar estos capítulos hermosos en compañía de su cónyuge y leerlos dirigiéndose a su esposa.

Lo que más me gusta, en el contexto de esta reflexión, es la expresión “Hasta que apunte el día y huyan las sombras” que se repite dos veces. La primera en Cantares 2:17 “Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo Sobre los montes de Beter”, cuando la esposa invita al marido a la intimidad hasta que “desaparezcan las sombras” de la noche. La segunda ocasión, cuando el esposo acepta la invitación en Cantares 4:6 “Hasta que apunte el día y huyan las sombras, Me iré al monte de la mirra, Y al collado del incienso”. Es interesante pensar en cuál es el monte de mirra del ser al que amamos y su collado del incienso, al que Dios mismo dio forma (hebreo yasar) con sus propios dedos en la Creación (Génesis 2:7).

En este contexto, las sombras son externas, no son la expresión de un carácter deformado. Se trata de pasar en íntima comunión los momentos más dulces y cálidos cuando fuera ocurren los momentos más fríos y oscuros de la noche… o de la vida. Dios creó el matrimonio para apoyo mutuo complementario, dejando que los momentos más intensos de expresión y afecto puedan paliar los momentos más fríos y oscuros del día, o la noche.

Qué duda cabe que, siendo que Dios es luz (1 Juan 1:5), cuanto más alejado se está de Él, más sombras hay, hasta que se alcanza la plena oscuridad. Por el contrario, cuanto más cerca de Él, menos sombras hay, hasta que se alcanza la plena claridad (Proverbios 4:18).

En el momento que escribo estas líneas, cuento con 41 años de vida. Son 41 años de lucha contra las sombras de mi carácter. Son las 41 sombras de Pedro, que por la gracia de Dios, se van venciendo día a día. Para eso vino Cristo, “para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar nuestros pies por camino de paz” (Lucas 1:79).

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