Foto: (cc) Flickr/ Salvatore Iovene.
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Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Juan 3:16.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…” De tal modo amó al mundo que no podía dar menos. Habiendo comenzado la obra de la redención del hombre, el Padre no escatimaría nada, por caro que le fuera, que fuese esencial para completar su obra. Proporcionaría oportunidades a los hombres; derramaría sobre ellos sus bendiciones; acumularía favor sobre favor, don sobre don, hasta que todo el tesoro del cielo estuviese abierto para aquellos a quienes vino a salvar. Habiendo reunido todas las riquezas del universo y habiendo abierto todos los recursos de su naturaleza divina, Dios dio todo para el hombre. Eran su dádiva gratuita…

Todos los seres celestiales observaban con intenso interés la contienda que se reñía en la tierra, la tierra que Satanás demandaba como su dominio. Cada momento estaba pleno de realidades eternas. ¿Cómo terminaría el conflicto? Los ángeles esperaban que se revelara la justicia de Dios, que se despertara su ira contra el príncipe de las tinieblas y sus simpatizantes. Pero he aquí que prevaleció la misericordia. Cuando el Hijo de Dios podría haber venido al mundo a condenar, vino como justicia y paz, no solo para salvar a los descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob, sino a todo el mundo, a cada hijo e hija de Adán que creyera en él, el camino, la verdad y la vida. ¡Qué despliegue del amor de Jehová! Es un amor sin paralelo.—The Youth’s Instructor, 29 de julio de 1897.

Nuestro Redentor determinó que únicamente mediante sus méritos el amor de Dios fuera impartido como una transfusión al alma del que cree en él. Como nuestra vida, la vitalidad del amor de Dios ha de circular por todo nuestro ser, para que pueda morar en nosotros así como habita en Cristo Jesús. Unidos con Cristo por medio de una fe viviente, el Padre nos ama como a los miembros del cuerpo místico de Cristo, del cual Cristo es la cabeza glorificada.—Carta 11, 1892.

Por E.G.White “A Fin de Conocerle”, página 16.

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