Cristo padeció siendo tentado (vídeo y audio)

ayudaPorque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Hebreos 2:16.

No necesitamos colocar la obediencia de Cristo por sí misma, como algo para lo cual él estaba particularmente adaptado, por su especial naturaleza divina, pues estuvo delante de Dios como representante del hombre y fue tentado como sustituto y seguridad del hombre. Si Cristo hubiera tenido un poder especial que no pudiera tener el hombre, Satanás se habría aprovechado de ese asunto. La obra de Cristo fue arrebatar de las demandas de Satanás su dominio sobre el hombre, y podía hacer esto únicamente en la forma en que vino: como hombre, tentado como hombre, obedeciendo como hombre.—Manuscrito 1, 1892.

Ojalá comprendiéramos el significado de las palabras: Cristo “padeció siendo tentado”. Vers. 18. Al paso que estaba libre de la mancha del pecado, la refinada sensibilidad de su santa naturaleza al ponerse en contacto con el mal, le hizo sufrir de una manera inenarrable. Sin embargo, revestido de naturaleza humana, hizo frente cara a cara al archiapóstata… Ni tan solo con un pensamiento se rindió Cristo al poder de la tentación. Satanás encuentra en el corazón humano algún punto donde puede afirmarse; es acariciado algún deseo pecaminoso, por medio del cual afirma su poder para sus tentaciones. Pero Cristo declaró de sí mismo: “Viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí”. Juan 14:30…

Todos los seguidores de Cristo tienen que hacer frente al mismo maligno enemigo que asaltó a su Maestro. Con maravillosa habilidad adapta sus tentaciones a sus circunstancias, su temperamento, su predisposición, sus fuertes pasiones. Siempre está cuchicheando al oído de los hijos de los hombres, al señalar placeres mundanos, ganancias u honores: “Todo esto te daré, si haces lo que te mando”. Debemos mirar a Cristo; debemos resistir como él resistió; orar como él oró; agonizar como él agonizó, si hemos de vencer como él venció.—The Review and Herald, 8 de noviembre de 1887.

Por E.G.White “A Fin de Conocerle”, página 31.

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