2016-03-Editorial

(o “El fin no justifica los medios”)

A menudo nos cargamos de razones, justas y honorables, para acabar devaluándolas innecesariamente con la impaciencia o falta de perspectiva.

En la Biblia abundan los ejemplos de ancestros espirituales que nos dejaron lecciones de la mala economía espiritual ejercitada en el parqué del Gran Conflicto.

Abraham tenía motivos para “echarle un cable” a Dios, enredando la madeja de la trama que el guión divino había preparado, convirtiendo el thriller de Isaac en un drama con Agar e Ismael. ¿Razones? Sobradas. ¿Motivo? Hacer cumplir el plan divino de engendrar un hijo prometido y promisorio, pero no era el momento ni el método preconcebido por Dios de antemano (ver Génesis 15 al 18).

Jacob siguió los pasos de su abuelo. Esaú menospreciaba la herencia espiritual y despreciaba la responsabilidad en el plan de Salvación. Jacob convirtió una historia de suspense, es decir, “suspendida” hasta la intervención correcta, en una novela negra con engaños, huidas, estafas, poligamia, desamores y ajustes de cuentas a media noche. ¿Razones? Muy justas. ¿Motivos? No dejar el plan de Salvación (además de sus bendiciones) a un pésimo gestor de espíritu manirroto. Pero escogió el método incorrecto (ver Génesis 25 al 33).

Podríamos seguir enumerando más ejemplos de personas que cometieron inflación de razones, devaluando los medios al nivel humano sin respetar las instrucciones y el orden divino. Pero prefiero destacar el ejemplo que nos ha dejado Aquél que lejos de cargarse de razones, pudiéndolo hacer legítimamente, y se devaluó a sí mismo (Filipenses 2:5-8) invirtiendo los roles, para dar ejemplo por contraste de lo que otros nos aleccionaron por error.

Jesús pudo haber escogido otras formas más rápidas de volver a conseguir el señorío sobre la humanidad. Sólo tenía que postrarse ante Lucifer (Mateo 4:8-9), sólo un momento, una breve reverencia, y se habría ahorrado el largo proceso de su ministerio terrenal, tres años y medio de sufrimiento culminados en una muerte horrible. Pero no. Decidió tomar el camino más largo, dándonos ejemplo de que las prisas de Abraham, Jacob, Pedro con su espada, y otros muchos, son malas consejeras.

Jesús pudo callar a todos con unas pocas palabras, pero no lo hizo. Pudo haber revelado el egoísmo oculto tras las serviles prisas de los que incluso creen que tomando esos “atajos” creen estar sirviendo a Dios tomando medidas drásticas “justificadas”: “Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios” (Juan 16:2).

Hay muchas formas de actuar, de avanzar la Obra divina, pero a menudo se nos olvida que la Obra no es nuestra, sino que hay un Dueño de la viña, y que en nuestro celo por cuidar y prosperar la viña podemos llegar a apalear y matar a los criados enviados por el Señor de la viña (Mateo 21:33-40).

En la Biblia tenemos muchas instrucciones al respecto: “Pero hágase todo decentemente y con orden” (1 Corintios 14:40) y de forma coordinada. No en vano somos el cuerpo de Cristo (véase 1 Corintios 12) y difícilmente una mano puede correr más que una oreja y actuar de forma independiente del brazo al que se encuentra unida. ¡Seguro que las razones son las mejores y más justificables! Pero respetando la armonía y unidad del Cuerpo de Cristo no se equivocará ni provocará esguinces, ni tendinitis, ni dolorosas roturas fibrilares entre las filas de los hijos e hijas de Dios. 

Jesús pudo haber avanzado mucho en la revelación del Padre, pero nos esperó, tuvo paciencia con aquellos que iban a llevar adelante la tarea de predicar el Evangelio en su ausencia. “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12).

No se trata tampoco de “sentarnos y esperar una señal del cielo” para mover un dedo por Dios, sino de tomar iniciativas que, si bien son loables, no siguen el procedimiento revelado o instruido, impaciente e independiente, desgarrando en ocasiones el cuerpo de Cristo causando más daño que el “beneficio” logrado, como ocurrió en lo personal a Abraham, Jacob y otros muchos.

Sigamos al Ejemplo, “con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4:2) con todo “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:21-23) y sin faltar a la verdad u omitiéndola voluntariamente, porque el “que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). Por muy cargados de buenos motivos y buenas razones que podamos estar, no podemos olvidar que el medio y las formas deben estar de acuerdo con esas razones y motivos, o de lo contrario, devaluaremos los motivos y habrá inflación de razones.

¿Cuáles son realmente tus razones y motivos para hacer lo que haces y cómo lo haces?

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