Nunca el Fado me había sonado tan emocional, romántico y melancólico hasta que lo paladeé mientras las tortuosas calles del viejo Lisboa acariciaban mis oídos. La primera ciudad que me emociona desde dentro por el mero hecho de pasear, perdiéndome entre sus grietas, olvidándome del reloj en sus calles demostrando que Einstein tenía razón, el tiempo es relativo, si acaso real.

Desde un mirador cualquiera, percibo el murmullo del tráfico adoquinado con armónicos esporádicos de viejos tranvías quejumbrosos en las cuestas. Lo que no se echa en falta, precisamente por su ausencia, es el rugir de los motores, no se puede correr con tanta curva, que de paso dan feminidad a la urbe lusitana.

Claroscuros, vistas traslúcidas y contraluces de pasadizos que coquetean con la mirada cual juego amoroso, dando lugar a la curiosidad del voyeurismo por saber qué esconde la siguiente esquina, el siguiente pliegue de piedra, aclarar el panorama que esconde dejando entrever a la vez la transparencia de un túnel esquivo.

Qué pronto enamora esta ciudad. Es ella quien te ofrece frecuentes e inesperados rincones de íntima tranquilidad, invitando a la quietud reflexiva, cual enamorada intentando penetrar los pensamientos del visitante y sonsacar sus emociones para tener la certeza de un sentimiento correspondido, como un adolescente inseguro que no acaba de creer que le han dado su primer “Sí”, en busca del primer beso.

Sus empedradas calles de anárquicos y a menudo rebeldes adoquines, son como el perfume añejo, que se le perdona el naftalinado aroma viejuno a cambio de abrir la puerta de los recuerdos que despiertan añoranzas de alguna lejana tierna infancia.

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Ciudad de belleza singular, ni siquiera disimula deseos de imitar otras estrellas urbanísticas del mundo, porque sencillamente no le hace falta, y alardea de ello. Con carácter propio y único, cual Frida Kahlo, luce orgullosa sus edificios azulejados e imperfecciones que la hacen distinta, diferente y exclusiva, sabiendo que su valor reside en la excepción, cuya singularidad pretende cautivarte, y acaba conquistando al paseante distraído, haciéndolo cautivo sin darse cuenta, en sus calles a modo de red.

Como una mujer de personalidad exclusiva, que vindica su libertad y derecho de ser como es, enamora al pretendiente, si acaso sabe que lo es. Abandonado todo prejuicio como sólo la madurez logra enseñar, Lisboa muestra de tanto en cuando sus edificios abandonados,  junto a los detalles más modernistas y tradiciones que impone de forma incondicional, todo a la vez, mezcla sin la cual no sería la capital que es.

Madura y curtida exhibe sus arrugas como garantía de experiencia que transportará a su visitante hacia momentos y experiencias de profunda admiración que una tersa e inexperta urbe jamás podrá aspirar. La veteranía es un grado que adquiere máxima expresión en su abrupto casco antiguo. ¡Por favor! ¡Qué no le apliquen cremas anti edad! Me gusta tal cual es, y quiero envejecer como ella, con dignidad y con un carácter capaz de enamorar a quien me conozca, incluso en la senectud pero sin perder singularidad y trazas de otrora pero eterna juventud.

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