Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado. 1 Pedro 1:13.

“Ceñid los lomos de vuestro entendimiento”, dice el apóstol: luego dominad vuestros pensamientos, no permitiéndoles que lo abarquen todo. Los pensamientos pueden ser preservados y controlados por nuestros decididos esfuerzos. Pensad pensamientos correctos, y ejecutaréis actos correctos. Tenéis, pues, que preservar los afectos, no permitiendo que se ocupen de objetos indebidos. Jesús os ha comprado con su propia vida; le pertenecéis, por lo tanto ha de ser consultado en todas las cosas, en cuanto a cómo serán empleadas las facultades de vuestra mente y los afectos de vuestro corazón…

Por la gracia de Cristo, toda tendencia errónea puede ser reprimida, no en una forma lánguida e irresoluta, sino con un firme propósito, con la elevada resolución de convertir a Cristo en el Modelo. Diríjase vuestro amor a aquellas cosas que Jesús amaba, y apártese de aquellas cosas que no darán fortaleza a los impulsos correctos. Con firme energía, procurad aprender y mejorar el carácter cada día. Debéis tener firmeza de propósito para dominaros y ser lo que sabéis que Dios quiere que seáis.—The Youth’s Instructor, 21 de abril de 1886.

Los pensamientos de Dios y del cielo son ennoblecedores. No hay límites para las alturas que se pueden alcanzar, porque será como nadar en aguas que no tienen fondo… No hay nada empequeñecedor en la religión de Cristo. El evangelio recibido humillará la soberbia del entendimiento humano y abatirá la altivez del hombre, para que solo Dios pueda ser exaltado. Pero en esto no empequeñece el intelecto ni daña las energías… La verdadera religión despliega y pone en uso las energías mentales. La convicción del pecado y el arrepentimiento, la abnegación y la confianza en los méritos de la sangre de Cristo, no pueden experimentarse sin que el individuo sea más pensador, más intelectual, de lo que fue antes… La relación con Dios es una relación con la verdadera sabiduría.—Carta 17, 1878.

Por E.G.White “A Fin de Conocerle”, página 138.

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