Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. 1 Pedro 2:5.

La Palabra de Dios ha servido como un poderoso hendedor para separar a los hijos de Dios de los del mundo. Al ser sacados de la cantera del mundo, son como piedras toscas, no preparadas para un lugar en el glorioso templo de Dios. Pero son llevadas al taller del Señor para ser cinceladas, esquinadas y pulidas, para que puedan convertirse en piedras preciosas aceptables. Esta obra de preparación para el templo celestial se lleva a cabo continuamente durante el tiempo de gracia. Naturalmente estarnos inclinados a seguir nuestra propia voluntad, pero cuando la gracia transformadora de Cristo se posesiona de nuestro corazón, la pregunta de nuestra alma es: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”. Hechos 9:6. Cuando el Espíritu de Dios obra dentro de nosotros, somos inducidos a desear y hacer la buena voluntad del Señor, y hay obediencia en el corazón y acción…

Los cristianos deben ser la guardia de honor de Dios, que nunca se someterán al yugo del gran adversario de las almas, sino que obedecerán a Dios, recibiendo inspiración de Aquel a quien aman, que es alto y sublime. El alma que ama a Dios, se levanta por encima de la neblina de la duda; obtiene una experiencia brillante, amplia, profunda y viviente y se vuelve humilde y semejante a Cristo… Esa alma podrá soportar la prueba del descuido, del maltrato y el desprecio, porque su Salvador ha sufrido todo esto. No se enojará ni desanimará cuando las dificultades la opriman, porque Jesús no fracasó ni se desanimó. Cada verdadero cristiano será fuerte, no en la fortaleza ni méritos de sus buenas obras, sino en la justicia de Cristo que por fe le es imputada.—The Review and Herald, 3 de diciembre de 1889.

Hemos de ocupar un lugar en el templo espiritual del Señor, y la pregunta importante no es si somos piedras grandes o pequeñas, sino si nos hemos sometido a Dios para que nos pula y podamos reflejar la luz de su gloria.—The Review and Herald, 19 de mayo de 1891.

Por E.G.White “A Fin de Conocerle”, página 153.

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