Matutina-AFC

Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Juan 17:11.

La unidad, la armonía que debieran existir entre los discípulos de Cristo se describen con estas palabras: “Para que sean uno, así como nosotros”. Pero cuántos hay que se retiran y parecen creer que han aprendido todo lo que necesitaban aprender… Los que eligen quedarse en los bordes del campamento no pueden saber lo que sucede en el círculo más íntimo. Deben ir hasta el mismo centro pues como pueblo debemos estar unidos en fe y propósito… Mediante esa unidad hemos de convencer al mundo de la misión de Cristo, y presentar nuestras credenciales divinas al mundo…

“Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”. Vers. 23. ¿Podemos comprender el significado de estas palabras? ¿Podemos admitirlo? ¿Podemos medir este amor? El pensamiento de que Dios nos ama como ama a su Hijo, debiera acercarnos a él en gratitud y alabanza. Se ha provisto lo necesario para que Dios pueda amarnos como ama a su Hijo, y es mediante nuestra unión con Cristo y nuestra unión mutua. Cada uno de nosotros debe ir a la fuente y beber por sí mismo. Mil alrededor de nosotros pueden beber del manantial de la salvación, pero no seremos refrigerados a menos que bebamos por nosotros mismos de las aguas sanadoras. Debemos ver la belleza, la luz de la Palabra de Dios por nosotros mismos y encender nuestro candil en el altar divino para que podamos ir al mundo manteniendo en alto la Palabra de vida como una lámpara brillante y resplandeciente…

¡Cuán preciosas son estas palabras! “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria”. Vers. 24. Cristo desea que contemplemos su gloria. ¿Dónde? En el reino de los cielos. Quiere que seamos uno con él.—The Review and Herald, 11 de marzo de 1890.


Por E.G.White “A Fin de Conocerle”, página 176.

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