Dice el refranero que no hay peor desprecio que la falta de aprecio. Pero hoy he descubierto una nueva categoría de desprecio, que merece todo mi aprecio, al menos dedicándole unas cuantas líneas y neurotransmisores que articularán el aprecio-desprecio, o viceversa, según se mire, con la intención de aprovechar a propósito el despropósito de otros.

Perdóneseme la reiteración, y no es que carezca de sinónimos de los que asir con mi lengua o pluma, sino que intencionadamente, o a despropósito, quiero impregnar de la misma fragancia este texto, con la que ese aprecio despreció la carrera profesional de un querido amigo y hermano. Vaya este texto con vetas de patchouli, enranciando su camino hasta, quizás, llegar a su despreciado destino, eso sí, con todo mi aprecio.

Hay quien finge apreciar a los demás, lo que hacen, lo que dicen, lo que sudan, lo que viven, lo que lloran, lo que vencen, y hasta lo que pierden, pero en este último caso, se nota demasiado que la emoción es fingidamente apreciada, ¿o despreciada?

¡Qué pena me das! Me das pena por darte pena, porque otros te damos pena, porque no vale la pena dar pena, y valga la pena dar pena si por pena entendemos algo que aprender. Pero cuando la pena que se da no sirve sino para apenar aún más al apenado, la pena no es compasiva, sino despreciativa, ¡y hasta despectiva! ¡Que pena de pena! Penosamente penoso, al punto que, vale la pena apreciar el desprecio.

Hay desprecios que es mejor callarlos, porque hay cosas que se piensan pero no se dicen, sin embargo, aunque esa frase se entregó en un momento para despreciar una falta de aprecio, veo que no tuvo buen recaudo. Y no me refiero al que me la regaló, sino a quien se la quise regalar, así como yo la recibí.

Hay desprecios que es mejor callarlos, porque si se dicen, damos más pena que aquél que decimos que nos da pena. Hay momentos en los que saber callar, si no se tiene algo que enseñar, es digno de apreciar. No hace falta decir a otro que nos da pena, ¿acaso soy mejor que el que me da pena? Yo no soy, ni de lejos, mejor que el despreciador apreciado, por eso mismo, porque siempre encuentro algo que apreciar, aunque sea para aprender en cabeza ajena (o desprecios, como hoy). Y si realmente no hay nada que apreciar, la falta de aprecio es le súmmum del desprecio.

Así nos lo enseñó Jesús mismo, cuando guardó silencio ante los tribunales humanos. Su falta de aprecio, o de respuesta, fue el mayor desprecio a una autoridad humana, frente a la infinita autoridad divina presente en ese tribunal.

Qué pena me doy a mí mismo, me doy pena porque me da pena aquél a quien otros le dan pena y se apresura a despreciar con un aprecio. Mira por dónde, somos iguales, pero al menos intento aprender de nuestro común error. Así que, apreciado amigo despreciador, gracias por despreciar a otros que te dan pena, porque con ello me has mostrado que el penoso, tan mal apreciado, vale más la pena que muchos desprecios, o aprecios, según se mire, y posiblemente sea más precioso para mí que el preciado despreciador.

Demasiado aprecio tiene esta pena, así que la despreciaré un poco para que sea menos pena, y con el olvido de desprecio, la pena deja de ser pena. ¡Qué pena!

Por no despreciar al despreciador, apreciaré su nombre con la falta de aprecio. Querido D. Omitido, en estas líneas todo mi aprecio.

Tu despreciado, ojalá no despreciable, y penoso amigo.

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