Estos días releí el Salmo 143. En estos versículos vemos a una persona que sufre quejándose a Dios. Al comienzo del Salmo vemos que el autor reconoce que, aunque sea cierto que tiene problemas, él podría ser, al menos parcialmente, responsable de la situación. Por eso leemos: “No lleves a juicio a tu siervo, pues ante ti nadie puede alegar inocencia.” (Salmo 143:2 NVI).

El salmista sigue representando la persecución contra él. No sólo la persecución, sino que describe cómo sus enemigos lo atrapan y lo aplastan. Se vuelve hacia Dios, alzando las manos en un grito de desesperación. Él pide la respuesta rápida de Dios, y la siguiente petición es realmente perspicaz. Le pide a Dios que le muestre el camino a seguir. Con esta petición reconoce varias cosas.

1) Él reconoce que no ha sido capaz de manejar su vida de la mejor manera hasta ahora.

2) Él muestra plena confianza en Dios, que es el único capaz de entregar su vida.

3) Él reconoce la sabiduría de Dios para redirigir su vida de ahora en adelante.

Y finalmente, llegamos a los dos versículos que revelan por qué Dios realmente nos ayudará, y el honor de quién está en juego.

Por tu nombre, Señor, dame vida; por tu justicia, sácame de este aprieto. Por tu gran amor, destruye a mis enemigos; acaba con todos mis adversarios. ¡Yo soy tu siervo!” (Salmo 143:11-12 NVI).

Foto: (cc) Flickr/lauren rushing
Foto: (cc) Flickr/lauren rushing

Finalmente el escritor llega al punto. No tenemos derecho a ser rescatados. Todos somos, de una manera u otra, pecadores y culpables. No es porque tengamos razón y los demás se equivoquen (quizás sí). No es porque somos “mejores personas” que los que nos persiguen. El escritor reclama el honor de Dios, por Su causa. Estas son las dos únicas razones para preservar su vida, y para sacarlo de los problemas. El versículo 12 es muy profundo. Es por el amor de Dios que el salmista pide callar a los enemigos. Con frecuencia reducimos el amor de Dios sólo a nosotros mismos, pero en realidad es mucho más amplio de lo que pensamos. El amor de Dios incluye a esos enemigos, como personas. Pero tal vez dentro del concepto de “enemigo” podríamos incluir no sólo personas, sino también nuestros propios defectos.

Todos estos enemigos a ser destruidos, no son sólo enemigos visuales, sino también invisibles. Nuestros propios defectos, miedos y defectos que nos llevaron a esta situación. Es por eso que el escritor tiene que reclamar la justicia de Dios mientras reconoce su debilidad y fracaso. Dios actuará, no por nosotros, sino por Su amor hacia nosotros. Porque hemos aclamado reconociendo nuestra imposibilidad, y aceptando Su capacidad.

Es Su honor, su amor, su capacidad, su justicia lo que está en juego ante todo el Universo. Y es por eso que el escritor termina diciendo: Yo soy tu siervo. Esta afirmación tiene consecuencias. Esto significa que, la salvación que viene de Dios tiene condiciones. Nos colocamos en la posición de “siervos”, en la actitud de obediencia a cualquier condición que Dios nos diga que hagamos.

Esta última frase resume extraordinariamente toda la idea. Tú (Dios) no me salvas por lo que soy, sino porque ser quien eres, y acepto todos los “términos y condiciones” dejando a un lado mi mala gestión y aceptando tu guía.

Es la vindicación del honor de Dios lo que, en última instancia, te sacará del pozo, y no la demostración de quién tiene razón y quién está equivocado en una disputa.

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