Entre los hijos de Israel que fueron llevados a Babilonia al principio de los setenta años de cautiverio, había creyentes, hombres que eran tan fieles a los buenos principios como el acero, que no serían corrompidos por el egoísmo, sino que honrarían a Dios aun cuando lo perdiesen todo. En su cautiverio, estos hombres habrían de hacer la voluntad de Dios dando a conocerlo a las naciones paganas para recibir sus bendiciones.

No debían en caso alguno ceder a lo que los idólatras les pidiesen, sino considerar como un honor defender la fe y el honor como adoradores del Dios viviente. Y así lo hicieron. Honraron a Dios cuando les iba bien, y también cuando les fue mal. Dios también los honró a ellos.

Pérdida de identidad: Cambio de nombres

Los nombres de Daniel y sus compañeros fueron cambiados por otros que conmemoraban divinidades caldeas. Los padres hebreos solían dar a sus hijos nombres que tenían gran significado. Con frecuencia expresaban en ellos los rasgos de carácter que deseaban ver desarrollarse en sus hijos. El príncipe encargado de los jóvenes cautivos “puso a Daniel, Beltsasar; y a Ananías, Sadrach; y a Misael, Mesach; y a Azarías, Abednego.”

El rey no obligó a los jóvenes hebreos a que renunciasen a su fe para hacerse idólatras, sino que esperaba obtener esto poco a poco. Dándoles nombres que expresaban sentimientos de idolatría, poniéndolos en trato íntimo con costumbres idólatras y bajo la influencia de fiestas seductores del culto pagano, esperaba inducirlos a renunciar a la religión de su nación, y a participar en el culto babilónico. (Cada vez tener menos ganas de ir a la iglesia…)

No dejamos la iglesia de pronto, sino poco a poco, cuando otras cosas empiezan a gustarnos más que venir a adorar aquí… Cuando cambiamos nuestros “nombres” o nuestra identidad, nos vamos a pasar más tiempo con aquellos con los que nos identificamos más.

Primera tentación: Por su propia vida

En el mismo comienzo de su carrera, su carácter fue probado de una manera decisiva. Tenían que comer y beber de la mesa real. Con esto el rey pensaba manifestarles su favor por su bienestar. Pero como una parte (OJO NO TODO “prueba un poquito…”) de estas cosas se ofrecía a los ídolos, el alimento de la mesa del rey estaba consagrado a la idolatría, y compartirlo sería considerado como adorar a los dioses de Babilonia. La lealtad a Dios prohibía a Daniel y a sus compañeros que rindiesen tal homenaje. Aun el hacer como que comieran del alimento o bebieran del vino habría sido negar su fe. A veces disimular es engañar. Queremos pasar desapercibidos sin que se sepa que somos creyentes.

Si Daniel lo hubiese deseado, podría haber encontrado en las circunstancias que le rodeaban una excusa razonable por apartarse de hábitos estrictamente temperantes. Pero Daniel no dudó. Apreciaba más la aprobación de Dios que el favor del más poderoso de la tierra, aun más que su propia vida. Decidió permanecer firme en su integridad, a cualquier precio o resultado. “Propuso en su corazón de no contaminarse con la comida ni el vino del rey.” Esta decisión fue apoyada por sus tres compañeros.

¿Qué excusas tienes en tus circunstancias para dejar de hacer algo que sabes que es un deber? Los jóvenes hebreos actuaron confiando firmemente en Dios y sus promesas. El primer paso en la dirección equivocada habría conducido a otros pasos peores.

Segunda tentación: Por la vida del eunuco

“Puso Dios a Daniel en gracia y en buena voluntad con el príncipe de los eunucos,” y la petición de que se le permitiera no contaminarse fue recibida con respeto. Sin embargo, el príncipe dudaba antes de acceder. Explicó a Daniel: “Tengo miedo de mi señor el rey, que señaló vuestra comida y vuestra bebida; pues luego que él habrá visto vuestros rostros más tristes que los de los muchachos que son semejantes a vosotros, condenaréis para con el rey mi cabeza.” Daniel tenía aquí otra “excusa” aún más fuerte, “si no hago lo que me piden, matarán a este hombre…”

Daniel apeló entonces a Melsar, oficial encargado especialmente de la juventud hebrea, y solicitó que se les excusase de comer la comida del rey y beber su vino. Pidió que se hiciese una prueba de diez días, durante los cuales se proveería alimento sencillo a los jóvenes hebreos, mientras que sus compañeros comerían los manjares del rey. Mientras hay opciones, no hay que rendirse. Tenemos que luchar por Dios y con Dios. Siempre podemos poner a los hombres y a Dios a prueba. En este caso 10 días.

Melsar consintió en ello, aunque con temor de que esa concesión pudiera desagradar al rey; y Daniel supo que había ganado su causa. Al fin de la prueba de diez días, el resultado era lo opuesto de lo que había temido el príncipe. “Pareció el rostro de ellos mejor y más nutrido de carne, que los otros muchachos que comían de la ración de la comida del rey.”

Dios responde las oraciones, aunque a veces puede tardar días, o semanas, incluso hasta años. Pero Dios siempre responde de la mejor manera, SI ponemos toda nuestra confianza en Él. Pero tenemos que poner toda nuestra confianza en Dios hasta la última consecuencia, y Él hará hasta el último esfuerzo para ayudarte de forma prodigiosa.

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