Lectura Bíblica: Juan 13:14-15.

Basado en el capítulo 71 del Deseado de Todas las Gentes.

Jesús estaba reunido con sus discípulos en el aposento alto en Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús deseaba celebrar esta fiesta a solas con sus discípulos. Sabía que había llegado su hora pero aún le quedaban unas pocas horas de tranquilidad. Empleó esas horas para enseñar a sus discípulos.

Habían celebrado otras veces juntos la fiesta de Pascua, pero en esta ocasión, los discípulos percibieron que algo entristecía a Jesús en gran manera.

Mientras estaban reunidos alrededor de la mesa, Jesús dijo: “En gran manera he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca; porque os digo que no comeré más de ella, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y tomando el vaso, habiendo dado gracias, dijo: Tomad esto, y partidlo entre vosotros; porque os digo, que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga.

En esta última noche con sus discípulos, Jesús tenía mucho que decirles. Pero Jesús vio que no podían soportar lo que él tenía que decirles. “Hubo entre ellos una contienda, quién de ellos parecía ser el mayor.” Cada uno anhelaba tener el más alto puesto en el reino. Se habían comparado entre ellos, y en vez de considerar a los demás más dignos, cada uno pensaba que era el mejor. Juan y Santiago pidieron sentarse a la derecha y a la izquierda del trono de Cristo, y los demás se enfadaron mucho.

Judas, por cierto, era el más severo con Santiago y Juan. ¿Somos nosotros severos con los demás? ¿Tenemos demasiado “celo” para hacer que otros sean “mejores” o “más santos”? La auténtica preocupación no nos lleva a ser severos, sino a actuar con amor.

Si somos rigurosos aplicando juicio a los demás, ¿no será que estamos inseguros de nuestra propia conducta, o que pretendemos justificarnos con nuestras muchas obras y que los demás lo vean? “No sepa tu mano derecha lo que hace tu izquierda…” (Mt. 6:3).

En ese contexto de orgullo, había que lavar los pies de los invitados a la fiesta, era la costumbre. Pero cada uno de los discípulos, con el orgullo herido, resolvió no hacer el trabajo de un siervo.

Jesús les enseñó que decir que soy un discípulo no me convierte en ello, ni me asegura un lugar en el reino de Dios. Jesús esperó un rato para ver lo que iban a hacer. Al final fue él quien se levantó de la mesa para lavar los pies de los demás.

Dice el Evangelio: “Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con que estaba ceñido.” Los discípulos sintieron vergüenza y humillación. Comprendieron el reproche, y se vieron desde un punto de vista completamente nuevo.

Así es como Cristo mostró su amor por sus discípulos. El espíritu egoísta de ellos llenó a Jesús de tristeza, pero no discutió con ellos sobre la situación. En vez de eso, les dio un ejemplo que nunca olvidarían.

Judas se sentó en el primer lugar, a la derecha de Jesús. Cristo le sirvió a él primero. Juan fue dejado hasta lo último. Pero Juan no lo consideró como una reprensión o desprecio.

Cuando llegó el turno de Pedro, éste exclamó con asombro: “Señor, ¿tú me lavas los pies?” La condescendencia de Cristo quebrantó su corazón. Pedro se sintió lleno de vergüenza al pensar que ninguno de los discípulos cumplía este servicio. “Lo que yo hago -dijo Cristo,- tú no entiendes ahora; mas lo entenderás después.” Pedro no podía soportar el ver a su Señor, a quien creía ser Hijo de Dios, desempeñar un papel de siervo. Toda su alma se rebelaba contra esta humillación. No comprendía que para esto había venido Cristo al mundo. Con gran énfasis, exclamó: “¡No me lavarás los pies jamás!

Solemnemente, Cristo dijo a Pedro: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.” Cristo había venido para lavar el corazón de todo pecado. Al negarse a permitir a Cristo que le lavase los pies, Pedro rechazaba la purificación del corazón. Estaba realmente rechazando a su Señor. ¿Vas a rechazar hoy a Jesús? ¿Vas a perder el privilegio de participar de esta ceremonia que vamos a celebrar? Si te sientes pecador, indigno, este es el momento de limpiar tu culpa, es la hora de dejar que Jesús te limpie, es la hora de permitir que Jesús limpie a tu hermano ocupando tú el lugar de Cristo lavando los pies a otro.

La verdadera humildad consiste en recibir con corazón agradecido cualquier provisión hecha en nuestro favor, y en prestar servicio para Cristo con fervor. Es quizá más fácil hacer favores que recibirlos. El orgullo no nos deja recibir favores.

Os invito a participar de la Santa Cena de hoy, iniciando con el rito de lavamiento de pies, a estar en armonía los unos con los otros, a no rechazar a Jesús, a no considerarnos mejores que ningún otro. Os invito a aceptar el favor del perdón mutuo y del servicio de los unos a los otros.

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