Un evangelismo coherente

El principio que rige el Reino de Dios es el amor y servicio al prójimo. El objetivo último marcado por Cristo mismo como servicio es la predicación del Evangelio a toda nación (Mat. 24:14). La iglesia existe para amar y servir al prójimo, con la sublime meta de compartir con nuestros coetáneos el mayor don y muestra de amor, la vida eterna que Dios nos regala.

Al igual que en la década de los 90 ciertas ONGs se aprovecharon de una buena causa para obtener rédito personal, ¿es posible que, en la más sublime actividad, predicar el Evangelio eterno, pudiera ocurrir lo mismo?

La historia demuestra que así ha sido, y tiemblo ante la posibilidad de descubrir una actitud similar hoy en día entre nuestras propias filas. El verdadero servicio, o religión, según la Biblia, no es solo predicar el Evangelio teóricamente. También es “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27). En el momento que dejamos de cumplir una parte de nuestros deberes cristianos porque no confluyen con un “impacto” estadístico, deberíamos comenzar a reflexionar sobre la verdadera e íntima intención de nuestras acciones.

La trampa para las ONGs era la “foto” con los receptores de ayuda. La trampa para los cristianos es la “foto” con las estadísticas. Jesús predicaba a miles, pero nunca descuidó el encuentro personal con Nicodemo o la mujer samaritana, aunque de ello no obtuviese un “baño de multitudes”.

El Evangelismo auténtico nace del amor por los demás, del interés genuino por la salvación de almas. No puedo imaginar a un cristiano que quiere alcanzar con el Evangelio al máximo número de personas mientras, en lo privado, se muestra implacable, inflexible, poco misericordioso y nada comprensivo. No es coherente ofrecer el perdón a “grandes pecadores” y, por otro lado, ser intransigentes e implacables con los que están en nuestro entorno más próximo (Mat. 18:23–35).

Si la incoherencia nos acompaña, nuestra carrera será corta y con un final vergonzoso. Obtener la “gloria” ante los hombres no implica obtener la aprobación de Dios (2 Co. 10:17-18).

Seamos genuinos, auténticos, ya sea en las grandes campañas de evangelismo, así como en los círculos más íntimos de la familia o trabajo. Dios dijo a Samuel: “La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (1 Samuel 16:7). ¿Quieres ser ricamente bendecido y utilizado por Dios en su Obra? Procura ser genuino y auténtico, sea cual sea tu ámbito de influencia, una gran campaña pública o una simple conversación privada.

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