Dios y su “chaleco ensangrentado”

En estos días se ven muchos chalecos y pañuelos de diferentes colores en las calles de París. Ya hemos perdido de vista las reivindicaciones que dieron lugar a estos movimientos, llevando a la gente a manifestarse en las calles. Nos hemos perdido ante el arco iris de colores en los chalecos que se ven en las calles y puntos clave de París. La confusión se ha instalado hace semanas, y las personas comienzan a estar hartas de estar hartos.

Este estado social es un reflejo de lo que ocurre en la mente humana actualmente. Cada uno quiere que su voz se oiga, tener su minuto de gloria. Al mismo tiempo, mientras se vindican derechos legítimos, hemos acabado por dañar los derechos de los demás. No estamos aquí para evaluar la situación política y social, sino para reflexionar sobre cómo puede afectar la vida del creyente.

Un creyente vive en un contexto social. No puede aislarse de aquellos que le rodean. Así que, el contexto diario en el que vive, afectará su mente y, finalmente, su vida en la comunidad eclesial.

¿Tenemos “chalecos de colores” en la iglesia? Por supuesto que sí. Aquellos que se quejan constantemente del pastor, del anciano de iglesia, del diácono, de la asociación, unión y demás. Nos posicionamos para defender aquello que creemos correcto. Intentamos que otros se unan a “nuestra causa”. Sin darnos cuenta, acabamos emulando los movimientos sociales, pero dentro de la iglesia, causando daños internos.

En el auténtico pensamiento cristiano, la pregunta que deberíamos hacernos es, ¿qué puedo hacer por mi iglesia, por mis hermanos y hermanas, por mi prójimo? “Comportaos como lo hizo Cristo Jesús” (Filipenses 2:5 BLP).

Jesús desvió la atención de los problemas hacia las soluciones. Puesto que los seres humanos no comprendemos otro lenguaje que el de los “chalecos y pañuelos de colores”, Él decidió hablar nuestra misma lengua, convirtiéndose en alguien que consiguió cambiar el código de colores.

Cristo nos ha prometido llevar Él mismo “nuestra causa” sobre sí, y darnos a cambio un “chaleco blanco” (Apocalipsis 22:14). Tomó sobre si el color de nuestro chaleco, nuestra causa, lo que nos hizo daño y nos llevó a la queja (Isaías 53:4-5). Esa carga fue tan pesada que finalmente su “chaleco” comenzó a impregnarse de la sangre que sudaba a causa de llevar nuestros problemas. Su chaleco ensangrentado transforma el nuestro en uno blanco, dejándonos sin motive de reivindicación. Si nos pudiésemos dar cuenta del verdadero significado e implicaciones de esto, nos transformaríamos en discípulos que buscan convencer a los demás para que intercambien su chaleco, sea cual sea su color, con el que Jesús les ofrece. El cambio social es posible, pero solamente en el Reino de los cielos.


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