Una iglesia en llamas (editorial)

Hace poco vimos cómo una gran parte de la Catedral de Notre-Dame de París se esfumó.  Cuando el pináculo se derrumbó, miles de personas se reunieron alrededor de este monumento de casi mil años de antigüedad.

La mayoría de los espectadores atónitos gritaban mientras la torre central desaparecía en medio de gigantescas llamas, engullida en una enorme humareda. Muchos lloraban a lágrima viva.

A multitudes se les rompió el corazón por el apego religioso, a otros por la herencia cultural, histórica y sentimental. En todo esto, parece que una iglesia en plena agonía consumida por las llamas ha logrado reunir a decenas de miles de personas sin distinción de fe, creyentes y no creyentes, unidos en la misma tristeza.

Este fuego ha desencadenado otros, el de la solidaridad económica y el de un propósito compartido, que reúne a personas que antes no tenían nada en común. Me pregunté, ¿qué pasaría si “quemásemos” espiritualmente nuestra iglesia? ¿Seríamos capaces de lograr que todos los creyentes adventistas se pusieran de acuerdo? ¿Actuaríamos todos en armonía?

Hay dos formas de “quemar” la iglesia. Una es cuando empezamos a criticar: “Así es la lengua: un miembro pequeño, pero de insospechable potencia. ¿No veis también cómo una chispa insignificante es capaz de incendiar un bosque inmenso?”  (Santiago 3.5 BLP). Podemos quemar la iglesia de nuestro Dios a causa de nuestras críticas. Este método consigue reunir a las personas en torno a un “fuego”, pero no en el buen sentido. La división se instala cuando surgen grupos opuestos, y trae peores resultados que un fuego real.

En la Biblia, encontramos varios ejemplos donde las “llamas” espirituales hacen reaccionar al pueblo de Dios. Reunirnos en torno a las Escrituras desencadena otro tipo de fuego en nosotros tan pronto como Jesús se convierte en nuestro Maestro personal. Él enciende una pequeña llama interior. “¿No nos ardía ya el corazón cuando conversábamos con él por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24.32 BLP).

Si fijamos nuestros ojos en Jesús y en su Palabra, esta pequeña llama crece, hasta el punto de que todo nuestro ser se convierte en un fuego incontenible. Haremos nuestra la experiencia de Jeremías: “su palabra en mi interior se vuelve un fuego ardiente que me cala hasta los huesos. He hecho todo lo posible por contenerla, pero ya no puedo más.” (Jeremiah 20.9 NVI).

Finalmente, Hebreos 1:7 nos dice que Dios hace de “sus siervos llama de fuego”. Los que sirven a Cristo se inflaman con el Espíritu Santo para ponerse al servicio de los demás y de la Iglesia. Así es como su Iglesia puede ser “incendiada” y reunir a miles de personas atraídas por un fuego muy diferente. Cada uno es parte de la iglesia. Si todos están “ardiendo” en el servicio a Dios y al prójimo, veremos una iglesia unida capaz de atraer a la gente y de conciliar, pero animada por un Espíritu muy diferente al que puede generar un fuego físico.


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