Lo difícil es restaurar (obsolescencia humana programada)

Antes los muebles duraban toda una vida, incluso se heredaban. Cuando se estropeaban, se hacían reparar. Quedan pocos ebanistas reparadores de muebles abiertos al público. Hoy en día, cuando un mueble se estropea, se sustituye casi de inmediato por otro. Es más económico comprar de nuevo que reparar.

Sin darnos cuenta, esta forma de consumismo afecta nuestra estructura mental y de decisiones más allá del consumismo resultante de la obsolescencia programada. Nos acostumbramos a buscar sustitutos inmediatos para todo objeto, y al final, acabamos aplicando el mismo principio a las personas, la familia, la sociedad, los compañeros de trabajo, el cónyuge. Incluso algunos parecen estar deseando que el otro cometa un error para descartarlo y buscar un nuevo sustituto, y acomodar su entorno a su gusto. Pobre de aquél que esté en situación desventajosa.

Pocas viviendas hoy en día conservan los mismos muebles más de una década. También es menos frecuente ver relaciones interpersonales duraderas. Vivimos en la época en la que todo “es de IKEA”: matrimonios, familias, amigos, equipos de trabajo, etcétera.

Dios mismo vino sobre un planeta desordenado y vacío. Decidió amueblarlo. Empezó con el contrato de electricidad y de agua. Luego fue acomodando los espacios, un precioso césped como moqueta y plantas por doquier. Finalizó con crear la vida en todas sus formas y el espacio para la familia, el Sábado. Una vez que había terminado las obras de reforma, entregó las llaves a Adán y Eva. Aparentemente es fácil crear, al menos para Dios. Sólo en 7 días dejó el apartamento listo para vivir, inquilinos incluidos.

Si el lector tiene alguna vivienda alquilada sabe que es muy complicado encontrar un inquilino que cuide de la casa como uno mismo. Bien pronto, lo que costó siete días organizar en toda perfección, se rompió entre las manos de sus inquilinos en unos pocos minutos, quizás segundos. ¡Y hasta qué punto se rompió!

Lo fácil para Dios habría sido empezar de cero, pero Dios tomó el camino más largo, complejo y difícil, el de la restauración. El ser humano apenas tiene valor material, agua, un poco de hierro, calcio, fósforo… Pero sólo cuando estamos profundamente y emocionalmente ligados a algo, lo restauramos, aunque su valor sea muy inferior al precio de la restauración. Lo que costó siete días crear, a Dios le está costando ya unos seis mil años restaurar, y aún no ha terminado. ¡Hasta qué punto nos ama Dios! Es más, cuando alguien se queda sin recursos financieros para pagar la reparación, acaba dando lo más precioso que tiene, ¡su propia vida!

Como creyentes, ¿por qué estamos deseando que sea el otro quien cometa un error para sentirnos libres de ir a Ikea a por un nuevo repuesto? Así veo tristemente que hacen muchos. Presionan para que el otro se rompa, y ser el “inocente” en el conflicto. De paso, acomodar el salón de casa, o la oficina, con el nuevo mueble a su gusto, sea un cónyuge o un nuevo compañero de equipo. Doy gracias a Dios por no haberme tirado a la basura y preferir restaurarme, aunque le tome toda mi vida. ¡A él ya le costó TODA la suya!


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