¿Oración o manipulación?

La arrogancia humana tiene límites insospechados. Hace unos meses Donald Trump visitó el Reino Unido e hizo esperar a la reina de Inglaterra 15 minutos. Las fotografías constatan la anciana soberana de pie a solas. En un discurso público posterior, el mandatario americano afirmó haber sido él quien tuvo que esperar a la reina.

Esta situación caricaturesca digna de un patio de recreo nos ocurre a nosotros más a menudo de lo que pensamos. A nadie le gusta equivocarse ni reconocer que no tiene razón. Algunos llevan esto más lejos, manipulando su entorno para que se adapte a su error o su percepción de la realidad. Y esto asusta.

No sería la primera vez que veo un dirigente presentar un punto en un consejo en distintas ocasiones hasta que se vota lo que él quiere. Al igual que los niños que insisten pidiendo algo a su madre, luego al padre, luego a la madre de nuevo, hasta que alguien cede y se salen con la suya. La palabra que mejor describe este cuadro es “inmadurez”, aunque tengamos más de 70 años.

Este mismo tipo de inmadurez la experimentamos en la vida espiritual. Cuántas veces oramos a Dios pidiendo algo y no aceptamos un “no” por respuesta, o una alternativa, o un simple silencio. ¿Quiere esto decir que no debemos insistir en oración? Por supuesto que debemos hacerlo, pero si entendemos cuál es el mecanismo de la oración persistente.

Primero, “orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo” (E.G. White, El Camino a Cristo, p. 93). Dios conoce todo sobre nuestra vida (Sal. 139:1–4), sabe de qué tenemos necesidad (Mat 6:8). No podemos cambiar a Dios y siempre nos dará lo mejor (Sant. 1:17).

Dios nunca obliga ni fuerza a nadie a aceptar sus bendiciones, por eso nos creó libres (Gal 5:3). Esa libertad debe ser respetada. Dios sólo puede actuar en nuestra vida de forma extraordinaria si le damos permiso para hacerlo. En el momento que oramos pidiendo algo, Él queda liberado para actuar en nuestro favor más allá de lo que podía hacer hasta ese momento. Si no oramos, Dios se ve limitado en sus acciones en nuestro favor.

Nunca le pediríamos un favor a alguien si sabemos que no es capaz de ayudarnos. Y si pedimos ayuda y esa persona percibe que no confiamos en su capacidad, no le caerá bien (Sant. 1:6). A pesar de que no siempre pedimos como conviene (Rom. 8:26) tenemos la seguridad de que siempre nos oye (1 Jn. 5:14). Jesús nos enseñó que al orar pidiésemos que la voluntad de Dios prime sobre la nuestra (Mat. 6:10) y nos dio ejemplo de sumisión a la voluntad divina (Mat. 26:39, 42).

Solo comprendiendo estas premisas básicas, comenzaremos a madurar, a dejar de echar la culpa a los demás y a Dios por sus silencios o sus respuestas que no nos gustan. Soy YO quien tiene que cambiar, quien entiende tarde que, quizás, no tengo razón y debo reconocer un error y dejar de manipular a Dios y los demás.

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