¿Y si aplicamos la Libertad Religiosa internamente y a nosotros mismos?

El artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es ampliamente abanderada por las minorías religiosas, o las grandes denominaciones en los países donde son minoría. El artículo reza: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.” (Fuente: https://dudh.es/18/).

Como español, acostumbrado a ver manifestaciones religiosas en la vida pública, ahora viviendo en Francia me llama a atención de esta frase: “tanto en público como en privado”. La separación entre iglesia y estado es un ideal que en el hexágono francés he encontrado y celebro positivamente, modelo para otros países. Sin embargo, en mi mente sigue resonando esa frase: “tanto en público como en privado”. Es difícil para cualquier ser humano encontrar el equilibrio perfecto entre dos tendencias, tanto en lo público como en lo privado. Las instituciones públicas (lo público) pueden llegar a proteger de tal modo que pueden volverse coercitivas, mermando el artículo 18 en nombre de la libertad. Pero me preocupa aún más el ámbito privado (lo privado).

Es en ese dominio en el que encontramos personas abanderando y reclamando la Libertad Religiosa, de Conciencia y de Pensamiento mientras van dictando a otras personas cómo tienen que pensar, hablar y actuar. Algunos llaman a eso proselitismo. La cacofonía es extraordinaria en esos casos. No se puede estar reclamando unos derechos, por un lado, mientras por el otro se critica al que no piensa como uno mismo, al que viste diferente, al que canta distinto, al que alaba de otra manera.

Quizás la militancia y defensa de la Libertad Religiosa no termina de enraizar profundamente en las bases de la Iglesia Adventista, porque está íntimamente ligada a la Libertad de Conciencia y Pensamiento. Para poder defender una causa hay que tener autoridad moral y practicar uno mismo lo que reclama de los demás. Institucionalmente la Iglesia está convencida de la lucha por la defensa de estas libertades, y quizá por ello es muchas veces criticada por ciertos sectores internos. Resulta irónico ver cómo reclamamos por un lado en lo público el derecho a ser diferentes, alabar a Dios en un día “diferente”, comer diferente, vivir de una manera diferente; pero, por otro lado, en lo privado, algunos pueden llegar a dictar a su prójimo cómo hay que alabar, comer, vivir en general.

El modelo por excelencia, Jesucristo, jamás impuso nada a nadie. En los momentos más delicados confrontó a sus discípulos con esta pregunta: “Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67). Dios nos dio la Libertad de elección. A pesar del primer error en el Edén, nos tiende nuevas oportunidades. Sólo desea que tengamos una relación con él por Amor. Es el único método que Dios usa para atraer a las personas. “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo.” (Juan 12:32).

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