Volvamos a Laodicea… (Editorial Diciembre 2019)

El perfeccionismo es un concepto psicológico con dos vertientes. La positiva es la constante búsqueda de la mejora y superación. La vertiente negativa es la intransigencia subjetiva hacia la realidad que nos rodea y hacia los demás. Acabamos exigiendo a otros lo que nosotros mismos creemos que somos capaces de hacer o ser. Si somos honestos en un ejercicio de introspección, veremos que tendremos éxito con nosotros mismos, quizás a ratos, pero no constantemente.

La perfección en la Biblia es un concepto relativo y muy flexible. Aunque se nos invita a imitar a Dios en ese aspecto (Mt. 5.48), la perfección absoluta sólo la ostenta Dios. Mi esposa contaba los dedos de mis hijos nada más nacer, a ver si estaban todos. Luego me decía, “este niño perfecto”. Igual que un niño recién nacido es “perfecto”, por el hecho de nacer saludable, con todos los dedos, no le podemos exigir que haga complicadas operaciones matemáticas o que trabaje duro. La perfección desde el punto de vista humano se va mejorando y superando (Fil. 3.12), pero no quiere decir que no seamos ya “perfectos” a nuestro nivel (Fil 3.15). Aunque ya somos “perfectos” en muchos sentidos, siempre estaremos sujetos a perfeccionarnos aún más (2 Co 3.18), incluso durante la eternidad estaremos en constante proceso de aprendizaje.

Luego la iglesia está compuesta de seres imperfectos, incluyendo los que defendemos la perfección. Por lo tanto, la iglesia, el cuerpo de Cristo, es imperfecta. Cristo mismo se limitó hasta convertirse en un ser humano, perdió la “perfección absoluta” correspondiente a ser y existir en forma de Dios (Fil 2.6-11). Cristo decidió hacer esto para alcanzar una iglesia imperfecta y rescatarnos.

Sí, nuestra iglesia no es perfecta. Unos son demasiado “transigentes”, otros demasiado “intransigentes”. Nos acusamos mutuamente y ese es un pecado común compartido por todos. La iglesia debe cambiar, pero los cambios y reformas se hacen desde el interior. No hay que salir para aislarse y juntarse sólo con los más “santos”, ni tampoco porque se está harto de la hipocresía. Todos tenemos defectos, sea por falta de compromiso o por un celo excesivo que me lleva a juzgar a mi hermano.

Jesús más que mostrar los defectos, empujaba a las personas para salir del escollo en el que estaban atascados, pero siempre invitando y de forma amable. Laodicea está llena de fallos, pero es más difícil implicarse en los cambios, empezando por uno mismo, que señalar los defectos estructurales, institucionales o en la vida de los demás.

Dios no ha vomitado a Laodicea todavía, NI LO HARÁ. El texto de Ap. 3.16 dice literalmente “estoy a punto de vomitarte”, pero no lo ha hecho aún. ¿Por qué Dios hace el esfuerzo de aguantar su nausea a pesar de sentirse enfermo? Porque ama profundamente a cada laodicense, liberal o conservador, todos, y hace lo imposible por salvar esta iglesia.

Nosotros, los que somos criticados (criticando a los que nos critican) y los que somos criticadores (perfeccionistas frustrados), deberíamos amar a Laodicea como Jesús la ama, con su perfección imperfecta, en proceso de mejora, porque algún día, Laodicea triunfará. ¿Estarás dentro de la Iglesia cuando ese día llegue? ¿Haciendo qué?


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