El Templo de Jerusalén y las prioridades de Dios

Texto base:

Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada. (Mateo 24:1-2).

Leyendo “Jerusalén en tiempos de Jesús” (Joachim Jeremías, ed. Cristiandad), página 44, basado en Josefo y diferentes Midras, sabemos que la fachada del Templo estaba recubierta de placas de oro del grosor de un Denario (el grosor de una moneda como 1 euro de hoy en día), y de un tamaño cada una de 1 codo cuadrado (45 cm de lado). También había un enorme espejo de oro puro pulido en la entrada que reflejaba la luz del sol hacia el interior. Del techo colgaban cadenas de oro puro, y había una parra o viña hecha de oro que se enredaba por todo el vestíbulo. Se le iban añadiendo nuevos sarmientos conforme las ofrendas iban llegando, y eran los sacerdotes los únicos autorizados a pisar ese atrio, los que los colgaban añadiéndolos a la parra. No hablamos del mobiliario ni del oro que recubría el interior, quiero hablar solo de lo que se podía ver desde el exterior a simple vista.

En ese contexto, ante esa imagen, debemos ubicar estos dos versículos. Jesús sale del Templo, no del templo en sí sino del atrio donde podían acceder los judíos, pero desde el que se podía ver la imponente fachada recubierta de oro. Antes de marcharse, los discípulos quieren dar un último vistazo a la magnífica vista que ofrece el Templo, orgullo de su identidad judía y herencia religiosa. “Mira Maestro, qué belleza”… imagino que podrían haber dicho.

Sin embargo Jesús les echa un jarro de agua fría. “¿Veis todo esto? Os aseguro que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada”. Evidentemente, el cumplimiento de esta profecía llegó a manos del ejército de Tito, en el año 70 d.C. A pesar de que el general ordenó no tocar el templo, un soldado lanzó fuego en el interior. El incendio fue tan intenso que las placas de oro (exteriores e interiores) comenzaron a derretirse y se coló el oro entre las grietas de las piedras y baldosas del edificio. Los soldados tenían costumbre de tomar botín tras la batalla. Y para recoger hasta el último gramo de oro, comenzaron a derribar y remover todas y cada una de las piedras del templo.

Pero lo que más me llama la atención, es la importancia que Dios da a las cosas, y cuáles son sus prioridades. Es cierto que Dios dio instrucciones para la construcción del templo, pero nunca pidió tanta suntuosidad. Dios, que es “dueño del oro y de la plata” (Hageo 2:8) no necesita que le regalemos oro para decorar su casa, más allá de lo que pidió con fines pedagógicos (el candelabro, la mesa del pan, etc.)

La prueba está en la poca importancia que da Jesús a esa vista dorada que cegaba los ojos de los discípulos. Para Jesús lo más importante son las personas. Por eso, este incidente dio lugar al resto del capítulo 24 donde se nos muestra la vanalidad y futilidad de las cosas. Lo importante es la salvación. Huir para salvar la vida. Jesús da instrucciones a seguir cuando Jerusalén fuese sitiada por los Romanos cuarenta años después. Lo que le importa a Jesús son los jerosolimitanos y no el templo ni su oro.

En mi vida he oído en alguna ocasión: “Necesitamos un edificio digno, representativo, que sea símbolo de la iglesia”. Pero la dignidad tiene una mesura diferente para cada ser humano… Dios no quiere “sacrificios, sino misericordia” (ver Oseas 6.6). En el momento que lo material va en detrimento de lo humano, cometemos un grave error.

Creo honestamente que Dios es mucho más pragmático y funcional de lo que pensamos.

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