Cómo el coronavirus ha revolucionado mi existencia…

Este período de confinamiento no nos ha sido nada favorable, y no ha permitido la aparición de la Revue Adventiste. Especialmente desde que he sido víctima de este virus reteniéndome no solamente encerrado en casa, también en cama durante meses. Esta larga batalla contra el COVID-19 ha sido la razón principal de la aparente «desaparición» (abril, mayo y junio) de esta publicación.

De vez en cuando, aún tengo alguna dificultad para mantenerme en pie, porque aún me siento débil y sufro de vértigos, lo que hace que las tareas cotidianas más sencillas en acciones de riesgo. Incluso cuando estoy simplemente sentado, aún me sobrevienen dolores de cabeza repentinos y aturdimiento constante.

A lo largo de los meses precedentes, he pasado siete semanas en cama, lo que ha transformado mi forma de ver la vida y sus prioridades. No soy el único en vivir este cambio. La gente habla de un «mundo post-COVID-19», el mundo no volverá a ser jamás el mismo. Nuestras vidas, en el plano colectivo y personal, nunca volverán a ser las mismas. Al igual que el 11 de septiembre de 2001 cambió el mundo entero para siempre, el virus de ahora tendrá un efecto similar.

El sábado 14 de marzo, sentí una asfixia repentina. Estaba en casa, y de repente, no podía respirar, sin previo aviso. Al principio pensé que era un problema cardíaco, lo que ya había ocurrido en el pasado, pero enseguida me di cuenta de que esta vez era diferente. Inmediatamente, me puse en pie para respirar, me dirigí al jardín de mi casa intentando tomar una bocanada de aire. Fue horrible intentar llenar los pulmones de aire, y comencé a tener mucho miedo. Llegué a pensar, “me voy a desmayar en unos instantes,” pero el Señor me ha preservado la vida.

Más tarde apareció la fiebre con una larga lista de síntomas: tos, ojos llorosos y lagrimosos, pérdida del olfato, eccemas cutáneos, taquicardias seguidas de bradicardias, dolor en todo el cuerpo, como si alguien me estuviese clavando clavos por todas partes, y muchos otros síntomas que tengo a bien ahorrar al lector a causa de su naturaleza repugnante.

Durante mi vida, he esquivado la muerte muy de cerca, en muchas ocasiones. Pero estas últimas semanas, ella se ha acercado demasiado, con una intensidad pasmosa cuando mi ritmo cardíaco pasaba de repente de 120 pulsaciones a menos de 40. Intentaba aumentar el ritmo cardíaco haciendo esfuerzos hiperventilándome, pero era demasiado difícil y doloroso para mis dañados pulmones. Tenía muchísimo miedo de quedarme dormido, estaba convencido de que, con un ritmo cardíaco tan débil junto con una falta de aire asfixiante, quedaría en parada cardiorrespiratoria mientras dormía. Aterrorizado, he pasado muchas noches en blanco, desvelado por el horror, durante semanas.

En momentos así, no nos queda que clamar al Señor, presintiendo que no quedan más que unos segundos de vida. Podríamos creer en todas las promesas bíblicas de los Salmos 91, 89, 23, que nos hemos enviado a través de las redes sociales, mensajes de texto y otros medios, nos vendrán al pensamiento, pero en el momento que apenas se puede respirar y que la vida parece escaparse entre los dedos por instantes, las promesas bíblicas pasan a un segundo plano. Es muy complicado de explicar…

Por supuesto, cada uno vive una experiencia diferente. En mi caso, he comprendido que debo abstenerme de criticar a aquellos que están enfermos y que no pueden recordar los textos bíblicos de memoria para cobrar ánimo. Quiero agradecer a todos los que, a través de diferentes medios, han estado orando por mí y por mi familia.

Ahora que lo pienso, lo que me ha parecido útil en esos momentos de agonía, son mis propios recuerdos. Como una película, en los instantes en los que la vida se escurre entre las manos sin poder evitarlo, todo el pasado pasa delante de mí en unos segundos. Mientras estaba viendo imágenes de mis recuerdos, he encontrado entre ellos unos cuantos que fueron para mí como “promesas”. Son las que realmente me han dado ánimo y me ha sostenido. Me he acordado de cómo el Señor ya me ha preservado la vida de forma milagrosa en otras ocasiones.

Entre las intervenciones divinas, permítanme compartir algunas con ustedes. Recuerdo que, en el año 1994, formaba parte de un equipo de ADRA en Ruanda, para ayudar en un proyecto en el contexto de una guerra civil y genocidio. Durante aquellos meses del pasado, Dios me sanó del paludismo, en plena “jungla”, allá donde no llegaban las carreteras, gracias a un medicamento que, según supe muchos años después, no era el indicado. ¡Eso fue un milagro!

En otra ocasión, mientras rodábamos por las pistas de tierra, un joven soldado intentó robarnos. Me plantó una metralleta apuntando a la cabeza cuando rechazaba satisfacer sus exigencias. Reclamaba el equipo de música integrado en el salpicadero del vehículo todo terreno. Rechacé darle cualquier cosa, argumentando que nuestra presencia, la mía y de todo el equipo, era necesaria para su gobierno, y que nuestro vehículo era indispensable para la misión de ADRA (ONG con la que trabajábamos) y por supuesto, al servicio de Dios. Mientras que seguía apuntándome con su arma, rechacé toda demanda con enfado y firmeza. Finalmente fue él quien tuvo miedo y nos dejó seguir el camino. Más tarde, el equipo, incluyendo mi esposa que por entonces era mi prometida, me hicieron entender que fui muy imprudente, porque el soldado sólo tenía que apretar el gatillo, y habría sido el fin para mí. Pero gracias al Señor, salvamos la vida todos.

Otro día, nos vimos forzados a subir un niño-soldado de no más de 12 años en el vehículo todoterreno. Seguimos el trayecto con el nuevo pasajero, recorriendo los polvorientos caminos llenos de surcos y enormes piedras. El vehículo dio un bote repentino. Acabábamos de pasar por un enrome agujero. Un fuerte ruido detrás llamó nuestra atención. Una granada saltó del bolsillo del soldado de corta edad, golpeando el suelo metálico del todoterreno. Podíamos haber saltado por los aires, pero no fue así, gracias a Dios nuevamente.

En otro momento, mientras regresábamos a la clínica, base de operaciones cerca de los montes Virunga, nos dimos cuenta de que el camino de tierra desapareció delante de nosotros. Unos metros más adelante, intentando encontrar el camino de nuevo, nos encontramos en medio de un campo de minas, sin darnos cuenta. El guía, lívido por el miedo, nos hace parar de inmediato, y nos suplica de salir de ese lugar siguiendo las mismas huellas dejadas por las ruedas hasta ahí. Las historias vividas en África son muchas y nos falta tiempo y espacio para rememorarlas.

Años más tarde, mientras servía en España, por circunstancias muy particulares, sufrí cinco crisis cardíacas que se encadenaron en unas semanas. Pero Dios me ha salvado la vida de nuevo, sin que quedasen más consecuencias para mi salud a largo plazo.

«Si el Señor me ha conservado la vida en todas estas pruebas, ¿por qué dejaría de hacerlo ahora?», me pregunté. Efectivamente, Dios, quien me ha llevado de la mano hasta aquí y ahora, y continúa haciéndolo, me ha dado la fuerza para pensar: “¿Piensas que después de todo esto, un virus acabará contigo arrancándote de sus manos? Y si quiere acabar conmigo, ¡que me lleve por delante!,” me dije a mí mismo. Así como ocurrió en el relato del capítulo tres del libro de Daniel, Dios puede librarnos de la muerte, pero si decide otra cosa, que su voluntad sea hecha.

Como muchos de nosotros, yo tenía una gran cantidad de proyectos, un planning al que no le quedaba un hueco en seis meses, hasta la mitad de septiembre (seis meses por adelantado, al momento de caer enfermo), con muchos viajes por varios continentes. Y en unas pocas horas, he visto cómo mi agenda se vaciaba completamente en un abrir y cerrar de ojos. Todos los proyectos, todos los viajes, todos los planes, todas las campañas de evangelización y todas las reuniones desaparecieron de un plumazo. Mientras el virus me robaba la vida a grandes bocados, ni siquiera las reuniones por videoconferencia eran posibles, menos aún, poder escribir un pequeño texto, sea el que sea.

Mi programa se vio reducido a la nada, enterrado por mi nuevo campo de batalla. El simple hecho de intentar desplazarme al aseo, ya era un desafío casi imposible. Llegar a bajar las escaleras en casa lo viví junto a mi familia como una victoria. Poder sentarme durante una media hora en el sofá de la sala era una nueva fuente de alegría, incluso si después debía regresar a la cama, luchando desesperadamente por poder respirar aire de nuevo. Mis victorias se convirtieron en las más humildes que un ser humano pueda imaginar. Nunca pensé poder sentir un gozo y alegría tan grande con el solo hecho de poder dar un paso, o permanecer de pie en equilibrio sin apoyarme en una pared, aunque fuesen unos segundos., después algunos minutos…

El sentido de las prioridades de la vida se ha visto modificado día tras día. Cuántas veces nosotros los pastores hemos hecho sufrir a nuestras familias porque, “servimos a Dios y a la iglesia”, cuando el Señor nunca nos ha pedido hacer sacrificios como descuidar la familia o apenas pasar tiempo de calidad con ella. Me siento agradecido de haber pasado por este proceso. Toda esta vivencia me ha permitido encontrarme de nuevo a mí mismo, y reconsiderar el lugar que le había dado a mi esposa e hijos.

Nuestras iglesias han sabido continuar sin nuestras reuniones físicas semanales en los lugares de culto. Hemos encontrado nuevas formas de hacer de cada hogar una iglesia. Hemos seguido adelante, porque es la iglesia de Dios, no la nuestra. Ella logrará avanzar, pase lo que pase, porque es Su iglesia.

Como dirigente, he descubierto que debo confiar más en el Señor de la iglesia. No pertenece a ningún pastor, ni director de departamento, ni presidente. Dios ha dirigido su iglesia en el pasado y continuará haciéndolo, quizás de forma diferente o con métodos distintos, pero el principio seguirá siendo el mismo: ayudar a su pueblo a cumplir el mandato evangélico de predicar a toda nación, tribu, pueblo y lengua.

El mismo Dios que vació nuestras agendas, las llenará de nuevo con proyectos diferentes, quizá mejores, más eficientes, más eficaces. Dejémosle guiarnos y dirigir su iglesia.


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